Site icon Diario Cachai

Chile: un capítulo del neofascismo

Chile: un capítulo del neofascismo


Por Aldo Bombardiere Castro

Chile, con sus peculiaridades, constituye un capítulo más del despliegue planetario del neofascismo. Un despliegue político-autoritario cuyo movimiento, quizás como ninguno otro a lo largo de la historia moderna, se encuentra marcado por la intensificación y maximalismo de una doble cualidad: la velocidad y la extensión.

Es decir, hablamos de dos facetas de un único modo de darse de esta oleada neofascista. Por un lado, nos referimos al vértigo propio de un tiempo histórico apocalíptico, el cual, cada vez más visible y despiadadamente, aniquila formas-de-vida, amputa espacios de experiencia y licúa las dimensiones ético-políticas de un habitar común, haciendo de la velocidad cibernética, de los estímulos visuales y de los efectismos y estridencias paranoides, la materia prima perfecta para la generación de una existencia definida por el capitalismo cognitivo y por un tipo de “subjetividad de la aceleración” (y también una aceleración de la subjetividad), donde el modelo actitudinal del ser humano se reduce a una sumatoria de fenómenos de “atención sin consciencia”. Por otro lado, hablamos de la extensión omniabarcante e hiperbólica del extractivismo capitalista, cuyo aumentado e intrínseco efecto de devastación de la naturaleza ha llegado, incluso, a generar un tipo de periodización geológica y estratográfica, el antropoceno, caracterizado por la catastrófica alteración con que, desde los albores de la Revolución Industrial, el ser humano y su modo de producción capitalista ha ultrajado los ciclos autoregulatorios y autopoiéticos de la organicidad ecológica, mermando, en última instancia, las expectativas de sobrevida de sí mismo en cuanto especie.

Y sí. Tal vez como en contadísimas ocasiones de la historia moderna se habrá visto, Chile (al igual que casi todos los Estados del mundo) ha ingresado raudamente a este escenario global. Mejor dicho y para ser más honestos: Chile, como todos los Estados periféricos, ha sido absorbido por el torrente. Tal vez nunca se fue del todo, es cierto; pero el imperio neofascista, con plena certeza, ya está aquí.

Estado, neoliberalismo y neofascismos

El imperialismo de hoy no es fascismo, sino neofascismo. Así como existe un núcleo de notas constitutivas que comparten ambos movimientos, esto es, constantes autoritarias, oligárquicas, militaristas, xenófobas, supremacistas y epistémicas, también existen notables diferencias que diferencias entre el uno y el otro[1]. En esta ocasión sólo nos centraremos en una: la relación entre economía y Estado.

En efecto, el neofascismo no pone en cuestionamiento, como al menos retóricamente sí lo hacían los fascismos históricos, el predominio del gran capital, hoy en día primordialmente financiero. Es así que los neofascismos detenten una relación de continuidad y profundización con el neoliberalismo. En éste, como se sabe, la incumbencia del Estado consiste en una pasividad constante: reducir el rol regulatorio de la economía, promover la inversión extranjera, desincentivar la industrialización a escala nacional, recortar el gasto público, privatizar derechos sociales, subvencionar cada vez de manera más directa los proyectos de las grandes corporaciones tecnológicas, mercantilizar los ámbitos sociales, culturales y universitarios.

…el neofascismo no pone en cuestionamiento, como al menos retóricamente sí lo hacían los fascismos históricos, el predominio del gran capital, hoy en día primordialmente financiero. Es así que los neofascismos detenten una relación de continuidad y profundización con el neoliberalismo.

Ahora bien, lo anterior no significa que el Estado se haya esfumado; tan sólo, contrato tras contrato, inversión privada tras exención impositiva, se hace a un lado en materia económica, agudizando un neoliberalismo radical, cuya intensificación, al tiempo que marca su propio colapso, representa la antesala del acelerado y extensivo despliegue del neofascismo. Los aparatos ideológicos del Estado, así como las políticas económicas, energéticas y militar-securitarias se articulan alrededor de un núcleo cada vez más consolidado y, a la vez, desprovisto de legitimidad discursiva: las oligarquías nacionales.

En ese sentido, los casos de Rusia y China tampoco se excluyen de esta dinámica. El primero, pese a su estatuto de Federación, encuentra en la figura personalista de Putin y de la exacerbación de un nacionalismo cultural asentado sobre la identidad eslava, un centro de administración del capital cuyos beneficios directos son recibidos por los grandes oligarcas aliados con el Estado, principalmente pertenecientes a los sectores de las energías fósiles y del desarrollo industrial de infraestructura militar y recursos agrícolas. En paralelo, el modelo chino bien podría clasificarse como un capitalismo de Estado. Siempre sujeto a la planificación a largo plazo (los famosos quinquenios acordados por el Comité Central del Partido Comunista), el capitalismo, sin embargo, continúa generando desigualdades económicas en función de la competitividad interna, con acentuadas oscilaciones en sectores de inteligencia artificial, tecnología de punta, inmobiliarios e industriales, así como un desarrollo desigual entre las ciudades del interior y los grandes puertos del Pacífico, aún inmunes a las políticas redistributivas del Estado. En el contexto chino, el capitalismo puede ser pensado a la manera de un motor capaz de introducir la “fuerza energética” que la máquina estatal requiere para su funcionamiento, enfocado en la concreción de su diseño de planificación económica centralizada. Su problema reside en que, pese al predominio de esa máquina estatal a escala del comercio mundial, el uso motriz del capitalismo conlleva el permanente riesgo de rebasar y hacer colapsar a la misma máquina que cuenta por propósito abastecer. En suma, el capitalismo, al devenir imperialidad global, adquiere un componente estatal sólo en virtud de las mediaciones que los Estados puedan ejercer con miras a profundizar, acelerar y expandir el mismo imperio de las corporaciones y oligopolios nacionales.

De ahí que las medidas arancelarias llevadas a cabo por Trump, más que provenir de un poderío estatal sobre la economía global, corresponde a un arma geopolítica en cuya operatoria se deja traslucir una desesperación: ante la caída del dólar, el rápido ascenso de los BRICS+ y del reparto mundial de zonas de influencia y control comercial-militar entre China y Rusia, cada vez más nítidamente delimitadas, EEUU ha de reposicionar el dominio ya no del Estado sin más, sino del aparataje estatal al servicio de las corporaciones neoliberales, principalmente tecnológicas, de energías fósiles y vinculadas al complejo militar-industrial. En efecto, es a raíz de este último punto donde el Estado encuentra la efectiva positividad de su acción: la funcionalidad policial-militar, en cuanto mediación jurídico-represiva del gran capital. Así, la corrupción de aparataje jurídico, el clientelismo lobbista del poder legislativo y las abusivas prerrogativas de un ejecutivo tentado a gobernar a través de decretos, son, junto a las fuerzas militares y policiales, elementos de un único dispositivo: el movimiento más contundente de los Estados para, justamente, mantener intactas las condiciones de posibilidad materiales de la revalorización del capital financiero, así como de los aparatos ideológicos entrelazados con aquellas.

El ascenso exacerbado del gasto militar a escala mundial, la paranoia securitaria inundando noticieros y multiplicándose en conversaciones cotidianas, el racismo institucionalizado en la educación y burocracia nacional, la islamofobia también institucionalizada en los organismos del derecho internacional, así como las criminales medidas de control demográfico que los países primermundistas ejercen contra migrantes que escapan de las miserias sociales, económicas y ambientales generadas a causa de procesos de colonización llevados a cabo por aquellos mismos países primermundistas, son elementos que, sumados al intervencionismo bélico directo y la proliferación de prácticas genocidas, conforman una única imagen del Estado-Nación moderno: su devenir absolutamente policial; esto es, el ejercicio, cada vez más abusivo, directo e ilegítimo, de su supuesta esencia liberal y weberiana: contar con el (i)legítimo monopolio del uso de la violencia. Hoy revelándose, ya sin pudor alguno, al servicio del gran capital. Porque, ad portas de la catástrofe del capital y del planeta, las democracias liberales, y en gran medida a causa de la permisiva confusión de los progresismos y de la endémica derrota moral (entreguismo y conversión ideológica) de las socialdemocracias, han dejado pasar al neofascismo sin requerir abdicar de la procedimentalidad democrática. Así, es la misma democracia liberal la que ha terminado de acoger en sus instituciones estatales, en el seno de la sociedad civil que los Estados debían normar, en la opinología de una opinión pública dominada por medios hegemónicos privados, el aniquilador odio neofascista. Y el Estado, con su poder de violencia fáctica y simbólica, desnuda y exacerba su rol policíaco y militar: los neofascismos, hacia afuera, expresan el militarismo a ultranza; los neofascismos, hacia dentro, expresan el militarismo en democracia. Policía militarizada contra las protestas populares; militarismo intervencionista para favorecer el dominio de fuentes de energía fósiles, minerales raros y centros de materias primas. Hoy, lejos de cualquier buenismo redistributivo, el Estado declara su coincidencia con el gran capital y, al mismo tiempo, pone cada vez más directamente al servicio de éste a los aparatos ideológicos que lo estructuran; empezando por el legítimo monopolio de la violencia. Un neofascismo gubernamental.

Sin embargo, el neofascismo nada tiene que ver con una simple deriva entre otras muchas que podría adquirir el neoliberalismo. Más bien, así como el neoliberalismo corresponde a una hiperbolización salvaje de un capitalismo ya salvaje, el neofascismo correspondería a la salvajización de la misma dinámica salvaje. Así, no resulta casual que ello ocurra en plena crisis ecológica y genocida. El colapso actual revela un destino cumplido: el fascismo es la consumación del capitalismo, el cual, como quien busca una salida hacia adelante, ha de acelerarse y expandirse en medio de su agonía, ha de destruir y asesinar a la par de su propia implosión. Es decir -y en cuanto a la relación Estado/capital que aquí nos atañe-, la intensificación de las acciones autoritarias, el incremento del militarismo y, en suma, el rumbo policiaco que han tomado las democracias liberales, no deben ser leídos como simples instrumentos externos al capital que buscarían maximizar y hacer más eficiente su dominio estructural. Al contrario, la acumulación y concentración de riquezas, la sostenida explotación y precarización de las fuerzas de trabajo, así como de la devastación extractivista de la naturaleza en aras de la hiperproductividad, lejos de encontrar apoyos externos y funcionales para lograr la subsunción real de la totalidad de la vida y de las relaciones humanas a las formas de valor y mercantilización del capital, encuentran en el neofascismo su máximo cumplimiento: el destino intrínseco del capitalismo, su verdad, es necesariamente el neofascismo. Porque ante la tendencia al declive del incremento de las tasas de ganancia, frente a los cada vez más frecuentes ciclos de crisis económicas globales y a las consecuentes medidas de explotación y recortes de gasto público y derechos sociales que los grandes conglomerados requieren para sostener la espiral salvaje del capitalismo neoliberal, la única manera de mantener y administrar socialmente la generación de miseria, el desgano, la precariedad vital y afectiva, el pánico generalizado y las condiciones materiales de exponencial aniquilación de la naturaleza, ha de estar cifrada por la gubernamentalidad neofascista, esto es, por la militarización de los aparatos ideológicos del Estado.

El colapso actual revela un destino cumplido: el fascismo es la consumación del capitalismo, el cual, como quien busca una salida hacia adelante, ha de acelerarse y expandirse en medio de su agonía, ha de destruir y asesinar a la par de su propia implosión.

En sentido simbólico, los neofascismos desatan y prometen conjurar el diluvio de amenazas que, embargadas por el pánico, tanto la figura liberal y moderna de la ciudadanía como la figura económica de la oligarquía corporativista han de padecer ante la inminencia de su apocalipsis. Tras 500 años de capitalismo como modelo de producción, los pocos siglos que sobreviva también pondrán bajo amenaza de muerte a la especie humana. Tales amenazas han llegado a Chile para quedarse; porque el estado de pánico viene por todo y por todos. Pero, paradójicamente, a través de tal estado de pánico estamos siendo conminados a imaginar un horizonte donde el final del capitalismo no implique el fin del mundo.

Chile

Visto a la luz de lo anterior, en las últimas elecciones presidenciales acaecidas en Chile no ocurrió nada inesperado. El aplastante triunfo de Kast frente a la candidata Jara, con más de 16 puntos de diferencia, vino a confirmar la tónica.

El logro presidencial de la ultraderecha chilena parece concluir un proceso de restauración oligárquica llevada a cabo por el poder empresarial-militar durante los últimos años. Proceso, al igual que el de avance neofascista a escala global, marcado por la aceleración y la extensión: la ultraderecha, en un lustro, consigue hegemonizar extensivamente no sólo los cargos de representación política, sino la agenda público-mediática y, sobre todo, el tono afectivo imperante en diversos sectores de la sociedad, haciendo de la seguridad su bandera de lucha.

Concretamente, por medio de este triunfo la oligarquía ha pretendido zanjar la potencia destituyente con que la revuelta popular de 2019 impugnó el orden dominante. En efecto, la revuelta permitió manifestar la rabia ante las condiciones y consecuencias a la base del neoliberalismo del Chile transicional: las groseras desigualdades económicas y laborales, la marcada segregación social, racial y de género, los solapados abusos y clasismos cotidianos, la depredación extractivista y su devastación ecológica, la mercantilización de los derechos sociales, la indiferencia de la institucionalidad político-representativa de índole gestional, entre otras injusticias estructurales inherentes al tipo de democracia que, desde la imposición del shock neoliberal de los Chicago Boys, han caracterizado la historia reciente del país. Fue en este contexto de movilización popular donde, pese a la desmovilización callejera producto de la pandemia con sus consecuencias biosecuritarias y a la “salida” institucional pactada por las fuerzas político-partidistas, la potencia de la revuelta logró conquistar la Convención Constitucional, llegando a anular la capacidad de veto de la derecha. Es decir, la Convención Constitucional fue una verdadera Asamblea Constituyente, la cual ponía bajo riesgo radical (no visto desde el período de la Unidad Popular) los privilegios de la oligarquía empresarial-militar.

Ante tal escenario, el espectro de la derecha fue capaz de unirse y coordinar los poderes fácticos que concentra de manera unilateral. Aprovechando el impulso biosecuritario que acompañó a la pandemia, ejerció una campaña de radical criminalización de la revuelta, un sostenido desprestigio de la vida privada de los convencionalistas, una expansión de terror ante una presunta refundación del país que buscaba partir de cero (la famosa “hoja en blanco”), un prejuicio de la juventud irresponsable, económicamente inexperta e irrespetuosa de la historia, las tradiciones y los valores patrios. En fin, todo esto la derecha lo realizó, de manera prioritaria, gracias a la abismal concentración de medios de comunicación hegemónicos que hasta hoy ostenta, así como a las campañas de desinformación desplegadas por redes sociales. En una palabra, la derecha, cuan bloque aliado desde los sectores más fanáticos y reaccionarios hasta los moderados, liberales e incluso socialdemócratas (como Amarillos por Chile), impusieron una táctica tan clásica como desesperada: la del terror ante las transformaciones estructurales. Ya estando dadas las condiciones recientes de índole reaccionarias, biosecuritarias y de defensa de la vida generadas por la pandemia, así como sus complementos antagónicos evidenciados en la campaña de criminalización de la revuelta, todo esto sumado a las condiciones históricas representadas por décadas de destrucción de la educación pública a cambio de individualismo consumista y cultura de la basura, la derecha sólo tuvo que identificar el objetivo y dirigir sus esfuerzos en función de él: la guerra psicológica y de desinformación. En ese momento, la derecha encontró una táctica. Táctica que la Convención Constitucional, abandonada por el gobierno de Boric (quien jamás hizo nada no sólo con miras a sentar las bases de una incipiente Ley de medios, sino por brindar espacios de difusión masiva al trabajo de la Propuesta de Nueva Constitución), no fue capaz de vencer.

… donde ayer, para el plebiscito de salida, el amplio bloque de derecha contó con la virtud de ejercer y capitalizar un recurso táctico, la campaña de terror, hoy gran parte de esa derecha, fascistizada hasta el neofascismo, ha contado con una virtud incluso mayor: ha logrado explotar dicho recurso táctico a grado tal que forjó el éxito de una estrategia.

No obstante -y he aquí un asunto importante que nos trae a la actualidad-, esa triunfante táctica del miedo desplegada por el conjunto del bloque derechista fue provocando, a nivel cotidiano y político, una incipiente atmósfera de turbiedad, de desconfianza, de amenazante violencia. Esta atmósfera ha cuajado en un estado de pánico. En otras palabras, donde ayer, para el plebiscito de salida, el amplio bloque de derecha contó con la virtud de ejercer y capitalizar un recurso táctico, la campaña de terror, hoy gran parte de esa derecha, fascistizada hasta el neofascismo, ha contado con una virtud incluso mayor: ha logrado explotar dicho recurso táctico a grado tal que forjó el éxito de una estrategia. En cinco años pasó desde la táctica de la campaña de terror a una estrategia basada en el pánico y, además, alineada con los neofascismos a escala mundial. Un salto cualitativo, sin duda; un salto acelerado y extensivo.

Pánico

El actual estado de pánico permite asentar sobre él una cadena de representación simbólica de índole móvil, cuya flexibilidad las torna susceptibles de cristalizarse en un tridente de figuras siempre marginales: 1) los inmigrantes, asociados a la delincuencia y el narcotráfico; 2) los manifestantes, asociados al terrorismo y al resentimiento por empobrecimiento; y 3) las feministas y los cuerpos racializados, asociados a la impureza. Evidentemente, se trata de un único personaje de tres caras, a veces simultáneas y otras veces superpuestas, cuya función consiste en causar y recibir el odio, presuntamente justificado y legítimo, del cual ellos se han hecho merecedores a raíz de la supuesta crisis securitaria que han desatado. Entre las propiedades de delictualidad y aprovechamiento del migrante, de pereza improductiva y resentimiento del manifestante, de impureza y salvajismo de las feministas y los cuerpos racializados, converge la unidad de un único rostro: el rostro de la repugnancia; el rostro al cual, por causar repulsión en toda mirada, resulta no sólo una exigencia, sino una reacción instintiva de sobrevivencia, dejar fuera de la sociedad a como dé lugar. La natural tarea de repeler la amenaza que genera la repulsa; odiar a quien viene a destruirme a mí y a (esa prolongación de mí que es) mi familia. Dejar fuera, excluir, dejar lo más lejos posible, expulsar de nuestras fronteras, marginar de cualquier centro y, en caso de ser necesario, aniquilar para borrar del rango visual del ojo. Tras cinco años, la inoculación del terror, aquella táctica mediática y puntual desarrollada por la derecha para el plebiscito de salida, ha logrado expandirse aceleradamente, consolidándose a nivel estratégico: hoy la ultraderecha chilena, en cuanto capítulo del neofascismo mundial, ha impuesto, más que las reglas del juego, el tablero sobre el cual vivimos o sobrevivimos: un generalizado estado de pánico.

El pánico es una máquina no sólo generadora de infinitas amenazas: es la vida carcomida por la multiplicación de amenazas, de punta a rabo. Esto es, el pánico constituye aquel aire turbio, denso, pesante contra la turbiedad de nuestras arterias, donde cada amenaza hace de su propio cumplimiento no el fin de sí misma, no su mera ejecución concreta y finita. Las amenazas, sucedidas una tras otra, móviles, polimorfas, convertibles, son capaces de cobrar rostro: los rostros del migrante en tanto delincuente, del manifestante en cuanto terrorista, de las feministas, racializados y empobrecidos en tanto impuros y merecedores de sus desgracias. Es el estado de pánico el que hace proliferar la sensación de amenaza, para adherir cada una de ellas, cuán etiquetas movedizas, a un puñado de rostros predefinidos. Venecos, terroristas, feministas, putas, maricones, indios de mierda… amenazas contra la libertad de los buenos chilenos, contra el crecimiento económico, el progreso y el desarrollo primermundista. La incansable producción y reproducción de amenazas llevada a cabo por tal máquina de pánico que la derecha instaló le permite a esa misma derecha enarbolar la promesa de solucionar tales amenazas que ella hace circular y amplifica. En fin, en ese esquema surte efecto el discurso securitario. Justamente gracias a la paciente estrategia del pánico, concebida inicialmente a partir del recurso táctico del terror plebiscitario, la ultraderecha chilena (la derecha fascistizada) puede engarzarse con los neofascismos globales, convergiendo en una misma imperialidad: la del capitalismo en su fase final, agónica y esencialmente mortal y asesina.

Izquierdas

En estos tiempos donde, tras cinco siglos de modo de producción capitalista, el conjunto de una época ha comenzado a adentrarse en el infierno de su propio apocalipsis, el neofascismo expone la verdad del capital: su finalidad, la infinita generación de riquezas, coincide con nuestro fin. Porque la finalidad del capitalismo, en cuanto sistema, constituye necesariamente nuestra aniquilación, en tanto especie. Ya no habrá capitalismo con rostro humano. Desde ahora, en caso de continuar habiendo capitalismo, cada vez será más neofascista. Y he ahí, aquejados por la desesperanza frente a toda ilusión progresista con que un día nos hechizó el capital, pero también aquejados por la desesperanza frente a toda ilusión progresista con que un día nos hechizó el Estado, es que nos aproximamos al encuentro con nuestra propia verdad. Así, a pesar del pánico y desde el pánico mismo, sepamos -y ahora no lo olvidemos- que las izquierdas hemos venido a inventar un mundo otro entre los intersticios y los escombros de este mundo.

Por Aldo Bombardiere Castro

Licenciado y Magíster en Filosofía, Universidad Alberto Hurtado. Profesor de la Universidad de Santiago de Chile (Usach).


[1]  Para una lectura actual, acotada y precisa sobre las similitudes y diferencias entre fascismos históricos y neo y postfascismos ver El ascenso del posfascismo, Antithesi (2025, Pensamiento y Batalla Ediciones). Para una profundización crítica y erudita sobre el mismo asunto ver La religión de la muerte. Post scriptum sobre viejos y nuevos fascismos (2023, Editorial Tempestades) de Julio Cortés Morales.

Fuente fotografía


Las expresiones emitidas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

Sigue leyendo:



Exit mobile version