Por Hugo Gutiérrez Gálvez
El 23 de enero de 2025, el Partido Comunista de Chile hizo público el Informe de Resoluciones del XXVII Congreso Nacional partidario, aprobado en sesión plenaria, luego de que, durante casi un año, las y los comunistas a lo largo y ancho de Chile participamos de un debate para definir nuestra política para los próximos 4 años.
Hoy, reafirmo mi deber militante: dar a conocer la línea política del Partido Comunista y aplicarla en la realidad concreta.
La defensa de las resoluciones del XXVII Congreso del Partido es la defensa del debate colectivo y del centralismo democrático. Hacer política comunista, defender las posiciones del Partido, dar a conocer nuestra historia e identidad, no es sólo deber de un vocero partidario, o de una comisión específica: es un deber militante, que asumimos todos y todas cuando tomamos la decisión de ingresar a las filas del Partido Comunista.
Frente a cualquier tergiversación de nuestra línea política, es legítimo que cualquier militante manifieste su molestia o preocupación. Nuestra política no es fruto del azar, fue definida mediante el debate colectivo, aprobada y ratificada democráticamente.
Por lo demás, nuestras resoluciones son taxativas, no hay definiciones imprecisas o ambiguas, pues todos sabemos lo que implica ser militante del Partido Comunista de Chile.
Por ello, cuando se intenta instalar la idea de que hay falta de claridad, ambigüedades o imprecisiones en nuestras definiciones, lo que en realidad se busca es generar condiciones no para enriquecer nuestro debate, sino para erosionar la legitimidad de nuestras actuales autoridades, mediante el cuestionamiento y la cancelación, una práctica que resulta del todo inaceptable.
Un ejemplo nítido de esta claridad política, a menudo blanco de ataques, es nuestra postura internacionalista. Nada de ambiguo hay cuando señalamos que «en materia internacional, reafirmamos que somos un partido antiimperialista, internacionalista y solidario con los pueblos que luchan por su autodeterminación (…) El internacionalismo proletario, como principio, es una de las columnas ideológicas del partido».
Y luego, «nuestros principios y vocación antiimperialista e internacionalista deben contribuir decididamente a enfrentar las embestidas realizadas en contra de países que impulsan proyectos transformadores, como es el caso de Cuba».
«La situación de Cuba, sometida a un bloqueo de más de 60 años, incluida en la lista de países que promueven el terrorismo, ha causado un daño en su economía y a la calidad de vida, empujando a la isla a vivir carencias extremas. La situación es crítica y nos debe impulsar a tomar acciones más audaces. Debemos buscar cómo fortalecer la solidaridad con Cuba, generando más ayuda en este momento tan difícil» (Resoluciones del XXVII Congreso del Partido Comunista de Chile, Enero 2025).
Reafirmo que, para quienes no están de acuerdo con la Revolución Cubana, su justeza y sus objetivos antiimperialistas, el Partido Comunista de Chile no es el espacio político adecuado. Con esto no señalo que deban ser excluidos de la política, sino que este no es ni será el lugar desde donde debieran hacerla. No porque lo diga yo: estas son definiciones políticas que realizó nuestra colectividad en su máxima instancia. Nuestra línea política no se construye sobre creencias, sino sobre el debate colectivo.
La instancia de discusión y debate sobre definiciones tales como nuestro principio antiimperialista y nuestro compromiso con Cuba, fue el congreso nacional partidario, donde estos principios se reafirmaron, y asumimos, cada militante, la responsabilidad de realizar acciones sobre esta definición. Asimismo, es nuestro deber defender nuestra línea política. Es el deber militante.
Cuando se intenta disfrazar de «necesaria actualización» lo que en el fondo es una claudicación de nuestros principios antiimperialistas, se está traicionando la democracia interna. Las figuras públicas del Partido no son intérpretes libres de nuestra política, sino sus ejecutoras. Al contravenir las definiciones sobre nuestra solidaridad con proyectos transformadores como Cuba, se socava el centralismo democrático.
No existe la opinión personal para quien habla desde la visibilidad que el Partido le ha otorgado; lo que existe es el deber de defender lo que el conjunto de las y los comunistas de Chile zanjamos en el debate soberano del XXVII Congreso.
No se trata de nostalgia, no se trata de una política desactualizada. Se trata, en esencia, de coherencia orgánica. El Partido Comunista de Chile no es una federación de individualidades con opiniones propias, sino un cuerpo vivo que analiza, debate y, finalmente, decide de manera colectiva. Nuestra verdadera fuerza radica en la cohesión de nuestra teoría y nuestra práctica.
El análisis de nuestra realidad nacional e internacional nos obliga a ser responsables con los principios que nosotros mismos hemos ratificado. Si la identidad antiimperialista y el internacionalismo proletario resultan hoy para algunos una carga o una ambigüedad, es imperativo recordar que nuestra militancia no es obligatoria, pero nuestra disciplina sí lo es. La libertad de ingresar a nuestras filas conlleva el compromiso ético de respetar la voluntad soberana de las bases.
Este internacionalismo que reafirmamos en nuestro último Congreso, fue el que encarnó con una fuerza inigualable nuestra compañera Gladys Marín.
Gladys no entendía la política sin la solidaridad concreta. Para ella, defender a la Revolución Cubana era un imperativo ético irrenunciable para las y los comunistas. Gladys estuvo en la primera línea de la defensa de la isla cuando el imperio arreciaba sus ataques, porque comprendía que la suerte de Cuba es la suerte de todos los pueblos que aspiran a ser dueños de su destino.
Quienes hoy pretenden administrar nuestra identidad con calculadora, deberían recordar que el Partido de Gladys Marín jamás se arrodilló ante la presión de quienes, desde el privilegio, exigen que abandonemos a nuestros hermanos para ser aceptados en los círculos de un poder que solo nos tolera si renunciamos a nuestros principios.
Resulta imperativo preguntarnos hoy: ¿Qué es el allendismo, que tantos profesan livianamente, sino la defensa irrestricta del antiimperialismo y la soberanía popular? Muchos parecen olvidar, con una amnesia sospechosamente acomodaticia, que fue Salvador Allende quien convocó a Fidel Castro a Chile en aquella visita histórica de 1971, sellando una hermandad revolucionaria que trascendió fronteras.
Refresquemos la memoria histórica: mientras el Partido Comunista sostenía con una lealtad inquebrantable el proyecto de la Unidad Popular y la vía chilena al socialismo hasta el último aliento, fueron precisamente esos sectores, que hoy nos dictan cátedras de sensatez democrática, quienes en su momento le daban la espalda al Presidente Allende.
En 1967, alentados por la mística de la Revolución Cubana y el guevarismo, ellos optaron por la vía armada e insurreccional, calificando la vía institucional del PC y de Salvador Allende como insuficiente y reformista.
Resulta, a lo menos paradójico, que sectores que en sus inicios (cuando cuestionaban con arrogancia a nuestro Partido por integrar la Nueva Mayoría) saludaron con entusiasmo la Revolución Cubana y se calzaron los zapatos de Allende para conquistar la simpatía popular; esos mismos que hace solo un par de años denunciaban con fuerza el bloqueo y el embargo criminal contra la isla, hoy, cómodamente instalados en la gestión del Estado, pretenden darnos lecciones de democracia calificando a Cuba de «dictadura».
Usaron las banderas de la dignidad latinoamericana para llegar al poder y hoy, las arrían para congraciarse con el coro imperialista. Esa no es la política de principios que Chile necesita, es simplemente el servilismo de quienes confunden el pragmatismo con la claudicación.
En medio de la actual embestida de Estados Unidos contra América Latina, con el recrudecimiento de las sanciones contra Cuba que hemos presenciado estos primeros meses de 2026, y la amenaza directa de agresión militar, los cuestionamientos hacia la isla no son un error político: son inhumanos, crueles y serviles a los mismos intereses imperiales que estos actores solían denunciar.
Mientras en Cuba el pueblo no puede sostener la electricidad durante el día por las presiones criminales de Washington sobre los proveedores de petróleo, dejándolos en la intemperie energética; mientras la isla atraviesa una crisis humanitaria real y cruda provocada por el asedio externo, resulta incomprensible que la prioridad de ciertos sectores del «progresismo» chileno sea alinearse con el imperio norteamericano.
Se desgastan denunciando una supuesta dictadura y calificando de antidemocráticos a las y los comunistas, pero guardan un silencio cómplice ante el intento de genocidio que sufre el pueblo cubano. Han abandonado la política latinoamericanista y el legado de Allende; han decidido que es más cómodo ser serviles a la administración de turno de Estados Unidos que ser antiimperialistas.
La unidad se construye sobre la diferencia
En el escenario actual, la unidad se ha pretendido cimentar, erróneamente, sobre la base de la uniformidad o el silencio.
Es imperativo recordar que la unidad política sólo es real cuando se construye sobre la base de la diferencia y el respeto mutuo. Hoy, abundan voces externas, e incluso algunas internas, que nos invitan a una supuesta ‘sensatez’, sugiriendo que ‘no son tiempos’ para reivindicar nuestra solidaridad con Cuba o para profundizar en nuestra vocación antiimperialista.
Estas sugerencias son, en realidad, una invitación a la autocensura; un intento por inhibirnos de llevar adelante nuestra línea política bajo el pretexto del pragmatismo comunicacional o la estabilidad de las alianzas.
Sin embargo, las y los comunistas somos y hacemos lo que hemos definido como colectividad. La unidad no se logra haciendo concesiones de nuestros principios ni mimetizándonos con visiones ajenas. Solo se puede lograr la unidad mediante la convergencia de fuerzas distintas en pos de un objetivo común. La invitación a una supuesta sensatez, no es más que una presión por desdibujar nuestra identidad como herramienta de transformación.
Reafirmar nuestro deber militante es, en última instancia, un acto de resistencia intelectual y política para asegurar que el Partido Comunista siga perteneciendo a sus bases y a su historia, y no a las concesiones del momento.
Por Hugo Gutiérrez Gálvez



